



El día de ayer, 24 de junio, como todos los años se conmemoró en Caño-Amarillo (Caracas- Venezuela) el 74º aniversario de la muerte de Carlos Gardel. Tuve la suerte de estar en la plaza que lleva su nombre, justo donde llegó el tren que lo trajo a Caracas por primera vez en 1935. En el lugar se congregan año tras año cantantes y seguidores de este género musical, en su mayoría personas de la tercera edad, a hacerle un tributo, a cantarle y a llorarle a Gardel. Cuando llegamos los viejitos nos observaron con impresión. Uno de ellos nos dijo sonriendo "cuando lleguen a su casa se sacuden las canas". Otros nos felicitaron por nuestro interés. No había nadie de nuestra edad, lo que me llevó a pensar que es una costumbre se irá apagando con el tiempo. Sin embargo, yo estaba feliz, la visita se convirtió en un pretexto para conversar con ellos de la Caracas que no conocimos. No hay nada que disfrute más que escuchar esos cuentos.
Recordaba a mi abuelo, de quién heredé mi interés por el tango, que muchas veces cantó ahí donde yo estaba. Me hubiese gustado que estuviera conmigo.