Mi amiga P y yo compartimos el mismo interés por las estrellas. Hoy ella inició el curso de astronomía que una vez pensamos hacer juntas, pero el horario coincidía con mi trabajo y con mis clases, así que no me pude unir al plan galáctico. Supuse que le habría gustado, pero me llevé una sorpresa cuando me comentó que contrariamente a emoción, lo que había sentido era miedo, vacío y "vértigo" al darse cuenta de lo pequeños que somos y de lo incomprensible que puede llegar a ser el universo. P no puede ver el cielo igual. No lo puede ver igual por saber ahora un poco más -y al mismo tiempo menos- sobre su funcionamiento. Yo le dije que en mi caso es esa sensación la que genera en mí una atracción hacia los planetarios, lugares llenos de misticismo a los cuales les tengo un respeto casi fetichista por expandir mi conciencia celeste.
Entonces fundo en una analogía la proyección de un planetario y la proyección cinematográfica. Por un lado, el acto físico de ver en una superficie un haz de luz emanado por un artefacto, por otro lado, mirar, percibir y comprender el movimiento, nuestro movimiento, nuestra "realidad" -recalco el entrecomillado- entre otras cosas que me hacen recordar a Deleuze. Pero mi analogía va más allá de la obvia. En este caso, a propósito de lo relatado antes, se trata de la sensación de P, muy parecida a la que sientes cuando comienzas a leer y a estudiar cine. Se desenmascara todo el proceso que conlleva el hecho de hacer un film. Desde ese día dejas de ver al cine como un espectador común y una parte de la magia se rompe ante el conocimiento de todo el aparataje artificioso. Aún así, sigues queriendo ver y hacer cine. Aún así, quieres ver las estrellas una y otra vez.
Somos un pequeño punto azul en el movimiento, en movimiento. Sólo hablo de burbujas que se rompen.